EL INNEGABLE ESTADO JUDIO

19/Oct/2010

Boston Globe, Jeff Jacoby

EL INNEGABLE ESTADO JUDIO

EL INNEGABLE ESTADO JUDIO
Por Jeff Jacoby
¿ES ISRAEL un estado judío?
¿Es el Papa católico?
18-10-10
Nada respecto a Israel podría ser mas auto-evidente que su judeidad. Como Polonia es el estado nacional del pueblo polaco y Japon es el estado nacional del pueblo japonés, así Israel es el estado nacional del pueblo judío. La resolución de la ONU de 1947 sobre particionar Palestina contiene no menos de 30 referencias al «estado judío» cuya creación estaba autorizando; 25 años antes, la Liga de Naciones había sido similarmente directa en ordenar «el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío.» Cuando Israel entro en existencia el 15 de mayo de 1948, su identidad judía fue el primer detalle informado. La historia de tapa del New York Times comenzaba: «El estado judío, la soberanía más reciente del mundo, a ser conocido como el Estado de Israel, entró en existencia en Palestina en la medianoche al termino del mandato británico.»
Hoy, la mitad de los judíos del planeta viven en ese estado, muchos de ellos refugiados de la represión y violencia antisemitas en otras partes. En un mundo con más de 20 estados árabes y 55 países musulmanes, la existencia de un único pequeño estado judío debe ser inobjetable. «Israel es un estado soberano, y el hogar histórico del pueblo judío,» dijo el presidente Barack Obama a la Asamblea General de la ONU el mes pasado. Para ahora ese debe ser un truismo, no más controvertido que llamar a Italia el hogar soberano del pueblo italiano.
Y aun así para los enemigos de Israel, la soberanía judía es tan intolerable hoy como lo era en 1948, cuando cinco ejércitos árabes invadieron al recién nacido estado judío, prometiendo «una guerra de exterminio y una masacre instantánea.» Interminables rondas de conversaciones e incontables invocaciones al «proceso de paz» no han cambiado la realidad subyacente del conflicto árabe-israelí, el cual no trata acerca de asentamientos o fronteras o Jerusalem o los derechos de los palestinos.
La raíz de la hostilidad es el rechazo a reconocer el inmutable derecho del pueblo judío a un estado soberano en su patria histórica. Hasta que eso cambie, ninguna paz duradera es posible.
Ese es el motivo por el cual el gobierno israelí está en lo correcto en insistir en que la Autoridad Palestina reconozca públicamente a Israel como el estado judío. Es la prueba de tornasol crítica.
«El nacionalismo palestino estuvo basado en sacar a los israelíes», dijo Edward Said a un entrevistador en 1999, y la mejor prueba que la mayoría de los palestinos aun están intentando eliminar a Israel es la vehemencia con la cual incluso los supuestos «moderados» como Mahmoud Abbas no reconocerán- o no se atreverán a reconocer- la Judeidad de Israel como un hecho legitimo de la vida. «Qué es un ‘estado judio'», disparo Abbas en la televisión palestina. «Ustedes pueden llamarse a sí mismos como quieran, pero yo no lo aceptaré… Ustedes pueden llamarse la República Sionista, Hebrea, Nacional, Socialista. Llámense como sea que quieran. A mí no me importa.»
Hay quienes argumentan que Israel no puede ser tanto un estado judío como una democracia. Cuando el parlamento de Israel decidió la semana pasada exigir a los ciudadanos no judíos tomar un juramento de lealtad a Israel como un estado «judío y democrático», alguna gente chilló. «La frase misma es un oxímoron», escribió un lector al Boston Globe. «Como puede un estado favorecer abiertamente a un grupo étnico por sobre todos los otros y declarar ser democrático?»
Pero no hay conflicto en lo absoluto entre la identidad judía de Israel y sus valores democráticos. De hecho, la resolución de partición de la ONU de 1947 no solo pidió subdividir Palestina en «estados independientes árabe y judío», requirió explícitamente a cada uno de ellos «escribir una constitución democrática» y elegir un gobierno «por sufragio universal y voto secreto.» Los judíos cumplieron. Los árabes lanzaron una guerra.
Muchas de las democracias del mundo tienen religiones estatales oficiales. Piensen en Inglaterra, cuya monarca es la gobernadora suprema de la Iglesia de Inglaterra; o en Grecia, cuya constitución apunta a la Iglesia Ortodoxa Oriental como la «religión prevaleciente» del país. El vínculo del carácter nacional con la religión es un lugar común. Israel sobresale solo debido a que su religión es el Judaismo, no Cristianismo, Islam o Hinduismo.
Tampoco la democracia es incompatible con la distinción étnica. Irlanda concede sus requerimientos de ciudadanía a aspirantes de ascendencia irlandesa. La constitución de Bulgaria concede el derecho a «adquirir la ciudadanía búlgara a través de un procedimiento facilitado» a cualquier «persona de origen búlgaro.» No es una antinomia describir a Irlanda como «irlandesa y democrática.» La floreciente pequeña democracia judía tampoco es una antinomia.
Es algo diferente: un faro de decencia en un vecindario peligroso y lleno de odio. Si solo sus enemigos pudieran arrojar su malicia, que Eden podría volverse ese vecindario.